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¿Por dónde empezar?. El verano pasado, después de diez años de cariño, confianza y, en general, felicidad, nuestros dos perros nos dejaron para siempre. Tras unos meses de duelo decidimos adoptar a Max, un cachorro tímido y miedoso que llevaba la mayor parte de su vida aislado del resto de perros del refugio por una enfermedad respiratoria que no acababa de superar.
A los pocos días de venir a casa se hizo evidente que Max tenía ciertos traumas que le impedían llevar una vida normal. Quien haya sufrido la pérdida de un compañero de cuatro patas es consciente de la responsabilidad que se echa sobre los hombros cuando un nuevo miembro llega a la familia y del sentimiento de fracaso y la ansiedad que puede producir no ser capaz de proporcionarle una vida feliz.
Max tenía terror a la calle, no se relacionaba bien con otros perros y desconfiaba mucho de los hombres.
Al principio nos convencimos de que la paciencia y el cariño eran suficientes para corregir sus dificultades pero, aunque conseguimos paliar algunos síntomas, no fuimos capaces de llegar al fondo de la cuestión.
Así que decidimos ponernos en manos de profesionales. Consultamos con varios educadores y asistimos a diferentes sesiones pero, por diversas razones que no entraré a detallar, no nos acabaron de convencer.
Y entonces dimos con DOG TRAIN. Llamé por teléfono y Diana respondió profusa y amablemente a todas mis preguntas, aclaró todas mis dudas y escuchó pacientemente mis diatribas durante más de una hora, tras la cual acordamos vernos para una sesión de evaluación.
En ella los tres integrantes del equipo, Diana, Ruth y Jon, hablaron con nosotros y examinaron detalladamente a Max (que ladraba al pobre Jon como si estuviera viendo al demonio). Se interesaron, sobre todo, por nosotros, por nuestra relación con Max, por la distribución de los lugares de descanso, por la organización del paseo, de la comida y del juego. Por nuestra forma de hablar con el perro, de comunicarle nuestros deseos y lo que esperamos de él.
Todas las explicaciones que nos dieron fueron detalladas y comprensibles, y se orientaban a reforzar el vínculo de confianza con nuestro perro a la vez que nos proporcionaban unas herramientas con las que podíamos dotar a la vida de Max de una estructura en la que se sintiera cómodo, seguro y confiado.
¡Y ya llevamos unos meses con ellos!. En pocas sesiones Max había perdido los miedos, se relacionaba fenomenal con cualquier perro y adoraba a los humanos, sean hombres o mujeres. Es maravilloso verle pasear tranquilo, con la cola en alto, olisqueando el aire y feliz de descubrir qué deparará la próxima esquina.
Tanto es así que ahora mismo estamos preparando las pruebas del test de sociabilidad; algo que era impensable hace unos pocos meses. Pero ellos han sabido ver la potencialidad de Max.
Y no es magia. Es cariño y paciencia junto a trabajo, conocimiento y profesionalidad. Nada se hace porque sí y todo se adapta a las necesidades del perro.
Además de las sesiones individuales Dog Train ofrece unos talleres dominicales junto a otros perros con sus tutores. De ese modo se puede trabajar con diferentes tipos de estímulos y contextos.
Junto a esto, la atención personal es extraordinaria. Diana te atiende por teléfono cualquier pequeña duda que tengas, te explica ejercicios, te pide vídeos para examinarlos y comentarlos contigo... su disposición es intachable.
Y lo mejor de todo ¡Max se lo pasa fenomenal!. Le encanta ir al "cole" a aprender cosas nuevas con nosotros y con sus tres nuevas personas favoritas: Diana, Ruth y Jon.
Mil gracias a los tres de todo corazón. Por dar la felicidad a una familia